Esos ojos ya no transmiten la sensación hogareña
que antes irradiaban.
Solo en un hogar uno se siente seguro, cuidado, cómodo,
reconfortado, entendido.
Nadie quiere un hogar donde pueda ser herido.
Pero no, ya no. Ya no hay un hogar donde
reposar y no temer lo venidero.
Lo puro puede volverse impuro,
pero lo impuro jamás volverá a ser puro.
Y sin pureza no queda más que el sabor agrio
y trágico de lo que ya no volverá a ser real.
Sin esencia no somos nada y hay que temerle
siempre más, no al que traiciona a otro,
sino al que se traiciona a si mismo.
Un durazno de huerta que prefiere pudrirse a los transgénicos.
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