El alma desahuciada se pierde,
sale de su ataraxia tibia y abrasadora
que fácilmente se ha convertido a
un prudente adocenamiento.

Busca en el alba su consuelo,
callar los ecos que atormentan,
encontrar algo que le sirva
que nadie le haya dado
ni le haya querido quitar.

Se sienta a mirar como otras almas
se pisotean los talones con violencia.
Y piensa... mas no puede pensar,
entonces cierra los ojos.

Mientras la primeras gotas de lluvia
la empapan, transpira la sangre envenenada.
Y siente el fuego incinerandole
Y siente... mi alma.

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